lunes, 26 de marzo de 2018

Una ficción histórica que te traslada al Brasil colonial.

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UNO.

El sol se levanta con vigor sobre el cielo despejado y brillante, los rayos atravesando el aire con fuerza, haciendo sentir su calor sobre hombres y animales. Las manadas de cebras y elefantes han bebido ya sus correspondientes cuotas del vital elemento en los ríos y se aprestan a pastar mientras cuidan el acecho de los predadores. Estos se desperezan sobre los árboles y bajo ellos, aún con sueño por la noche de agitada cacería. Es África salvaje, primigenia, intocada por el hombre blanco, que se despierta.
El paisaje se completa con actividad humana. Hombres y mujeres negros, jóvenes y vitales, recorren la arboleda poco tupida en busca de frutos y leña para abastecer la tribu, asentada un poco más lejos. Con la rapidez que da la práctica y la rutina, arman grandes montones que van echando sobre los hombros y espaldas. Risas y algún que otro empujón matizan la tarea, a la par que algunos se zambullen en el río cercano para quitar el calor y regresan veloces a la tarea asignada. Apenas cubiertos con algunos cueros, sus cuerpos son de talla alta y delgados, con rostros angulosos y miembros ágiles. Sus rostros despojados de barbas y los cabellos rizados, sus cuellos envueltos con colgantes en los que se aprecian dientes y partes de hueso o cuero de animales.
De pronto y como salido de la nada, cortando el espacio como una flecha, se escucha un sonido agudo que se intensifica con el correr de los minutos, un largo llamado que se quiebra más de una vez hasta desaparecer abruptamente. La actividad se paraliza y todos se miran con alarma, sin entender al comienzo, hasta que uno de ellos reacciona y corre, y tras él los demás. Con desesperación, miedo y angustia, incitados por el llamado urgente del tambor “ñoñofó”, instrumento mayor de la aldea que esta vez no invita al ritual ni a la fiesta. Lo indica lo perentorio, lo fuerte y agónico del toque que se esparce por el aire caliente de la mañana africana.
Los cuatro mujeres y cinco muchachos negros como el ébano, esbeltos como cañas, gráciles y ágiles, con la energía de la juventud, vuelan sobre la sabana. Atrás han quedado los atados de leña que con esmero recolectaron. Son jóvenes de la etnia Fon, una de las tantas, y pertenecen a una tribu mediana asentada en el interior profundo del imperio Dahomey, actual Benín, en el sitio donde África deja de ser tan ancha y comienza la curva, en la costa oeste y sobre el Atlántico
Es el año 1790 DC, aunque poco saben de esto los que corren acuciados por la certeza que algo muy malo les espera al llegar a la aldea. Cada árbol baobab, cada brizna de pasto que pisan se los grita. Las almas de sus muertos, presentes y reanimadas en la Naturaleza circundante, les anuncia que deben tener cuidado, que el peligro acecha.
Es Asmina la que lleva la delantera, una bella joven de largos músculos, cabello corto ensortijado y rasgos finos que ahora se manifiestan tensos y crispados. Sus ojos negros brillan como estrellas; sus blancos dientes, por lo habitual expuestos en una sonrisa, ahora se aprietan con temor. Corre y ruega a los espíritus orixás que no sea lo que creen, que no sean los Nagó.
Mucho tiempo había pasado desde que su tribu debió abandonar su espacio natural e internarse en el corazón del Dahomey, buscando con ello la protección de las montañas Atakora y el río Pendjabi, en un intento de alejarse de aquellos malditos cazadores de hombres. Al amparo de la Naturaleza bondadosa y de los antepasados vigilantes buenos años de paz llegaron. Pero el peligro había estado latiendo ahí desde siempre.
Los Nagó o yorubas, un pueblo conquistador que controla gran parte de la costa del Oeste africano, extiende su reino a fuerza de guerra y dominación. Para ellos los demás son sólo objeto de caza y sometimiento, “jejes” es el nombre que les adjudican a quienes no pertenecen a su tribu. Y los Fon, su tribu,  no lo son.
- ¡Cuidado! - murmura el mayor de los hombres, apenas un muchacho de dieciséis.
En estas tierras difíciles los niños pasan a ser hombres pronto. La advertencia hace que se resguarden en la arboleda que rodea a su aldea. Miran con cautela antes de ingresar. Entonces el silencio se quiebra con gritos de angustia y ante sus ojos la escena se torna dramática.
Como lo temían, ellos están ahí. Golpeando, persiguiendo, atacando. Alcanzan a ver que el tambor y su ejecutante yacen, ambos rotos por la fuerza de los golpes. Los guerreros Nagó, brutales e indiferentes al clamor de sus iguales de raza, apilan sobre uno de los extremos de la aldea a los más jóvenes del poblado, hombres y mujeres, arreándolos como si fueran ganado.
Asmina divisa entonces a su pequeño hermano, golpeado y sangrante y no puede evitar salir y correr, dejando a un lado el cuidado, gritando su nombre. Vano es el intento de sus compañeros por detenerla y sus aullidos alertan a los invasores, hombres entrenados a los que poco les cuesta dominarla, a pesar de que lucha como una fiera salvaje. Muerde y patea a sus captores que la elevan por los aires y ríen tirándola con los otros con rudeza, sin miramientos, con la indiferencia y el desprecio del que sólo ve ante sí objetos o seres inferiores.
Pronto están a su lado sus amigos, que no pudieron evitar ser capturados con facilidad por quienes tienen años en la tarea de cacería de los hombres. ¿Cómo podrían impedirlo? Ellos solo tienen las habilidades de recolectores y agricultores pacíficos, nada saben de la guerra y la conquista, actividades del día a día de los hostiles guerreros yorubas. Su defensa siempre fue escapar y resguardarse y esto funcionó durante mucho tiempo. Pero ahora, el peligro del que tanto huyeron los ha alcanzado.
Miran con dolor como las casas de la aldea se consumen prácticamente todas bajo el fuego, los techos ardiendo al cielo, destrozados los corrales y los enseres, muertos los animales. La furia Nagó busca eliminar todo indicio de vida por fuera de sus cánones. Y las tribus libres son un desafío que no están dispuestos a tolerar.
Cuando nada queda por destruir y apenas ancianos decrépitos y niños de ojos muy grandes permanecen al centro, los capturados son obligados a incorporarse. Atados unos a otros y en fila, comienzan una caminata que los llevará a kilómetros de su hogar, sin vuelta atrás. Asmina mira a sus abuelos y a su pequeño hermano que quedan atrás, solos y desamparados, expuestos a todos los peligros de la jungla. Sus padres, así como un hermano mayor van más adelante en la larga columna custodiada.
“¿Dónde están orixás? ¿Dónde están? Protejan a sus servidores”, solloza mirando en derredor y al cielo, levantando los brazos. El dolor inesperado y atroz la invade cuando el látigo cruza su espalda.
-Camina y deja los gritos, “jeje”-la insta con fiereza uno de los guerreros.
Y camina. Cómo puede. Con terror. Con dolor. Con angustia. Sintiendo que nunca antes el silencio de la Naturaleza fue tan aterrador. Los espíritus y las almas bienhechoras, que usualmente murmuran en el aire caliente, se han ido o callan de dolor.

El trayecto es agotador, demoledor. Por lo lento, por las cuerdas que ajustan y someten, por la distancia, por el hambre. A su paso los Nagó arrasan otras aldeas como la suya, destruyen otras familias, asolan y esclavizan a otros como a ellos. Aletargados por el dolor y el cansancio, Asmina y los suyos son mudos testigos de atropellos y desastres, a la par que la larga cadena de hombres y mujeres condenados se ensancha. La caravana se dirige a la costa, donde las blancas arenas bañadas por el Océano Atlántico son escenario de uno los intercambios comerciales más abyectos de la Historia.
- ¿Dónde vamos? -se preguntan los condenados unos a otros cuando pueden-. ¿Hacia dónde nos llevan? -murmuran con pavor.
-Dicen que los Nagó tienen pacto con los demonios. Dicen que tratan con ellos en persona-susurran las voces.
Sedientos, hambrientos, desesperados.
- ¿Qué será de nosotros? -pregunta Asmina con terror, para recibir la muda mirada de su padre que la insta a resistir, como siempre lo ha hecho.
-Resiste, tú puedes- le indica-Tú confía. Espera.
Pero ella puede leer en su rostro el desasosiego. No hay certezas en esta pesadilla.
-Dicen que alimentan a sus dioses con los hombres. Que tienen fauces enormes y vienen del mar a comerse a los cautivos-continúan las voces inquietas y cansadas.
Cuando las fuerzas van mermando y apenas quedan energías, la visión del poblado alivia un tanto a los agotados. Están llegando a la costa oeste de África, llamada Ouidah, también conocida como la “costa de los Esclavos. Allí hay una aldea, otrora pequeña, que creció a costas de la continua excursión de los europeos en busca de brazos esclavos. En él, además de sus habitantes naturales, conviven las fortalezas de varios imperios, enclaves coloniales impuestos por la ambición de quienes siempre están hambrientos de mano de obra barata.
El primero de estos grandes pueblos europeos en llegar, por su voluntad exploradora de la costa africana desde el siglo XV con Enrique el Navegante, y por tanto más importante es el portugués. Pero también el holandés y el inglés se disputan el control de la región, al menos de sus costas. Los mayores comerciantes negreros no se adentran en el corazón africano, sin embargo, al menos no por ahora. Para esa tarea de caza dependen de las tribus Nagó que realizan con despiadado placer lo encomendado, habida cuenta de que les permite acentuar el dominio sobre los “jejes” y a cambio, consiguen armas, objetos, telas y otros enseres.
Los cautivos arriban pesadamente a una zona donde serán mantenidos hasta que los barcos lleguen y las pujas entre los negociantes comiencen. Son empujados y obligados a entrar en precarios galpones, donde permanecerán hacinados y apenas alimentados a pan y agua durante días, en los cuales vegetan y sobreviven como pueden, presos de sus angustias, miedos y algunos ya dejando entrever sus deseos de morir.
- ¿Qué hacemos?¡Qué hacemos! - inquiere Asmina, desencajada y sin poder creer la quietud de espanto y la desidia de sus iguales, que no atinan a ensayar ningún conato de rebelión o fuga.
-Nada podemos hacer, niña - responde un adulto- ¿Qué no ves las armas? ¿Qué no ves los demonios? Ahí están, junto a los Nagó. ¿Qué podríamos hacer? No hay esperanza.
La muchacha observa los hombres extraños con expectación. Son blancos, muy blancos. Sus ojos brillan con colores extraños y tienen cabello en todo el rostro. Estos monstruos caminan sobre dos piernas y gritan y ríen. Son ellos los que mandan y ante su presencia los fieros guerreros Nagó son dóciles. Huelen mal y beben extrañas pócimas que los ponen aún más violentos. Entonces comprende el miedo de los suyos y se hace carne en ella. ¿Cómo no temer a estos dioses o monstruos?
Son ellos los que los hacen conducir por lotes a un gran claro, la plaza principal de la aldea, lugar donde los cautivos son expuestos ante una pequeña multitud que grita y gesticula, con distintas ropas y acentos. Una cosmopolita conjunción de nacionalidades invierte su dinero y compra cuerpos y voluntades para multiplicar sus ganancias cuando arriben a su destino y tripliquen su valor. Uno de los tratos más viles de la historia que enriquecerá a muchos de los que ahora gritan sus ofertas.
Ella nada entiende, ¿cómo podría? Solo es una joven aldeana que ha visto el sol salir y ponerse por diecisiete años, que ha visto pasar la estación de las lluvias y la sequía, que ha corrido tras los antílopes, que ha vivido en paz. Sólo puede mirar sin entender; sus ojos oscuros enormes tratando de comprender los sonidos extraños, las voces altisonantes, los gritos. De pronto sus padres y hermanos, hace unos instantes a su lado son llevados a empujones y desaparecen de su vista.
- ¿Dónde los llevan? ¿Dónde van? - grita y solloza, tratando de seguirlos.
Las cadenas la detienen y el golpe la vuelve al sitio. Nadie responde. Ya no están, se han ido. Mercaderes de distintas nacionalidades han pujado en brutal remate y la familia es disgregada, los amigos separados, la unidad del clan seccionada para siempre y sin posibilidad de duelo por ello.
Al dolor del alma sigue el físico, atroz, al serle grabada a fuego la marca que indica la posesión. Son hombres y mujeres objeto ahora, responden ante un dueño. Es una adolescente apenas, pero su cuerpo y su espíritu aprenden en cuestión de días que el margen para la desesperación y el miedo es maleable y siempre puede ser mayor.
Aturdida y dolida, desesperada y casi como fiera acorralada que solo espera, ve como en sueños que nuevos grilletes y nuevos hombres se hacen cargo de ella y otros, separándolos y observándolos con más atención: dientes, miembros, ojos. Y nuevamente los fuerzan a caminar.
Lo siguiente que ve es la blancura y el brillo de la arena, que deslumbra sus ojos acostumbrados a la oscuridad de los galpones. Sus pies, habituados a pisar y correr por las suaves praderas de la sabana, se hunden y dificultan la caminata. El profundo y maravilloso azul del Océano Atlántico, el sol de pleno, el verdor de las palmeras no son augurio de disfrute, sino el prolegómeno del horror, más aún.
A unos quinientos metros en el mar o más, esperan los barcos. La visión de esos objetos marrones, enormes y desconocidos recortados sobre el agua detiene a los cautivos con pavor y obliga a los captores a multiplicar golpes y latigazos. ¿Esos son los monstruos de los que hablan las leyendas? ¿Los caballos de los demonios? ¿Los que tragan a los hombres en su estómago? Los hombres se resisten y tratan de volver y los castigos arrecian. Los esclavos temen más a los monstruos que a estos dioses que golpean, pero las armas pronto mandan y aquietan.
- ¡Avancen!
Otros hombres y mujeres como ellos confluyen desde distintas direcciones y pronto la playa se puebla de seres condenados y de gritos. Las barcazas avanzan cortando las olas en busca de su mercancía.  Sería más fácil si los barcos pudieran acercarse, pero corren el riesgo de encallar. La costa de Ouidah no permite que fondeen navíos de envergadura como lo son los grandes barcos comerciantes de portugueses e ingleses.  Las pequeñas embarcaciones van y vienen en un trasiego sin pausa, indiferentes a la desesperación de los desahuciados a los que transportan.
Cuando algunos tratan de resistirse, el cuero quema pieles y aplasta cualquier intento de rebeldía. Asmina es forzada a subir en la precaria embarcación que avanza sacudida por el océano. El frío del agua que salpica, el dolor y el cansancio se hacen uno y las lágrimas fluyen sin control, anegando su rostro y el de los otros. No hay consuelo aquí, cada uno de los cautivos ensimismado en su angustia.
Apenas sí puede volver la mirada y dar un último vistazo y adiós a su tierra. Ya no la vera más, lo sabe bien. ¿Qué será de sus padres y hermanos? No los vio en la playa. ¿Quién cuidará de los que quedan, su pequeño hermano, sus abuelos? ¿Quién mantendrá el fuego Fon en la aldea? Baja la vista y llora, y se obliga a levantarla y mirar al frente.



DOS.
La magnitud del monstruo-objeto-lo que sea, la asombra. ¿Cómo puede algo tan enorme mantenerse sobre el agua? ¿Será verdad que es un monstruo? Está cargado de otros demonios que se asoman y gritan. Con celeridad son obligados a ponerse el pie y subir por la débil y balanceante escalera. Debajo, el agua violenta y oscura golpea el casco.
Toca la madera de la cubierta y pisa la misma que cruje y chilla como si se quejara y de verdad tuviera vida. Mira hacia arriba y ve las cuerdas y telas blancas gigantes que ondean y parecen comerse el viento que sopla. Poco más puede apreciar, empujada sin miramientos hacia la negrura del interior, bodega a la que se accede por estrechos escalones y que se asemeja a una boca desdentada que los engulle.
Avistó el último sol y aspiró el último aire limpio y fresco por varias semanas. La oscuridad de las entrañas del barco serán su única realidad día tras día. Los grilletes de pies y manos pesados y apretados, serán lastres que impedirán cualquier movimiento. El olor es sórdido, nauseabundo y les cuenta de otras tragedias, de otros horrores, de otros como ellos.
La nave ha transportado tantos cientos de esclavos, ha sido testigo de tanta muerte, dolor y miseria, que todo parece impregnado y testimoniado en su casco. Es un “Tombeiro”, nombre que los portugueses dan a los navíos mercantes negreros especializados en el tráfico de seres libres de África a la América conquistada por los europeos.
La economía colonial americana es una generadora de réditos y riquezas sin igual, pero para ello necesita alimentarse de brazos. Es una máquina devoradora de hombres y fuerzas Los blancos conquistadores no trabajan en los extensos plantíos de algodón, azúcar, tabaco o café o en las minas de oro y plata.
Los indígenas, primera mano de obra que usufructuaron hasta el hartazgo, fueron diezmados por la avaricia o la fuerza de la dominación a sangre y fuego. Los que no optaron por dejarse morir, los que quedaron, no resisten la brutal explotación en los cultivos y además la Iglesia católica los ha declarado seres humanos, aunque de segunda categoría y susceptibles de la tutela blanca, según la bula Sublimis Deus del Papa Pablo III, que disímil respeto tuvo en las tierras americanas, pero de todas formas fue un amparo para esos desgraciados.
Sin embargo, esto habilitó el intenso comercio de los negros africanos. La Iglesia no velaba tanto por estos seres y entonces, como objetos o simples productos eran extraídos de sus hogares y vendidos al mejor postor.
El olor de un Tombeiro se percibe a kilómetros en el mar, dicen los marineros. En sus entrañas y como cualquier mercancía de valor los hombres y mujeres negras son apilados con apenas espacio entre uno y otro, separados por sexo. Asmina mira a su alrededor, pero poco distingue a sus compañeros de travesía. La bodega es baja, no permite estar parados y apenas sentados, aunque no será así como permanezcan.
Los hombres blancos empujan, golpean, patean, mandan a todos a tumbarse. El viaje del horror lo hará en su mayor parte acostada, casi siempre sobre uno de sus lados, respirando sobre sus vecinos de mala suerte. El peso de los herrajes, además del hacinamiento, hacen imposible el movimiento.
Es el comienzo de una travesía tremenda en la cual solo sobrevivirán dos tercios o poco más de los pasajeros, que más que eso son carga. Sofocados por el calor y el aire viciado, apestados por el olor de sus inmundicias, apenas alimentados a pan y agua, muchos no resistirán y una parte de ellos eventualmente serán arrojado al mar, que más piadoso que los hombres, los acogerá en mortaja final, en un destino preferible antes del que les esperaba al arribo.
Sólo su inmenso coraje, resistencia y la fe en sus orixás, en sus espíritus, mantuvo viva a Asmina en tan espantosas condiciones. Obligada a refugiarse en su mente, esta divagó y corrió por las sabanas de su tierra, donde el sol brilla y acaricia y el aire es limpio y fragante. Sus manos se hunden en las frescas aguas del río y recibe la lluvia con placer. Casi en estado de catatonia, su razón se resguardó en el fondo de su consciencia y dio pasó al instinto de supervivencia. La muerte de algunas de sus compañeras de viaje aliviará algo la situación, apenas algo. Su alma viaja y duerme con los espíritus orixás.
Algunos cautivos se dejaron morir, a pesar del esfuerzo de los captores que incluso usaron la fuerza para forzarlos a comer lo poco e inmundo que les toca. Contadas veces vieron el sol, alguna que otra vez cuando el hedor era tan sobrecogedor que hasta a los blancos molestaba. Eran llevados entonces a la cubierta y bañados a baldes con la salobre agua del Atlántico que sólo agregaba dolor a las heridas y llagas. En alguna ocasión se los obligó a bailar sobre la madera, dado que el ejercicio era la manera que encontraban de romper la inmovilidad y mantener algo de la forma corporal que evitara pestes y enfermedades que se volvieran epidemias.
Pese a esos primitivos recursos usados para mantener viva la carga, una parte murió por enfermedades fruto del hacinamiento, vaya a saber si por escorbuto, viruela, sarampión; apenas detectados los casos, sus portadores eran arrojados al mar para evitar la tragedia de un contagio masivo.
Sólo los últimos días de la travesía, cerca del destino final, mejoraron las condiciones y les aumentaron las raciones de agua y comida. Los esclavos, casi esqueletos vivientes, debían mejorar su apariencia para el remate.
Un día, luego de mes y medio de tribulaciones, el barco llegó a destino. El largo trayecto había trasladado a los hombres de su natal África a las costas del Brasil, tierras de pertenencia portuguesa desde el siglo XVI. El clima había hecho aún más aciago el trayecto al sacudir el navío de manera constante. A Asmina le costó un buen rato volver a la realidad y percatarse que ya no se movían, al menos no tanto.
Entonces vinieron los gritos de los marineros que látigo en mano los obligaron a moverse y descender. Casi rotos pero sobrevivientes, aún seres humanos, hambreados, heridos, débiles y sin fuerzas fueron bajados a tierra firme.
El sol golpeó con fuerza las pupilas; los músculos, lo que queda de ellos, demoran en reaccionar. Ahí está de nuevo la luz, el cielo y el aire puro y limpio. Con el terror aún en su retina, Asmina da gracias de vivir aun cuando está sola. Rodeada de otros como ella, mas sola.
Ha logrado sobrevivir a una de las experiencias más tremendas que el ser humano pueda contar, proporcionada por los capitalistas del dolor. Otro capítulo comienza y la piel de la joven se va a ir curtiendo y su mente aprenderá lentamente a refugiarse en el interior cuando la realidad la supere. Y habrá mucho de esto los próximos años de su vida.

viernes, 16 de febrero de 2018